Bienvenida

Menú

sábado, 25 de septiembre de 2010

Los Hsien - Los Ocho Inmortales.


El taoismo venera a ocho inmortales que, a través de la piedad y de la virtud han conseguido la vida eterna. Además de la inmortalidad, estos ocho personajes, nada tienen en común, pero se los suele representar en grupo, no obstante. Los ocho inmortales viven con los dioses en las montañas de Kun Lun, en el centro de la tierra. Allí se divierten en los jardines del Emperador de Jade, el señor supremo de los cielos, donde crece el melocotonero mágico de la inmortalidad.

Cada milenio se los invita junto a los dioses, a comer melocotones en una gran celebración que realiza la Emperatriz Wang, esposa del Emperador de Jade.
El vocablo 'Hsien' significa "inmortal" en chino, pero no se trata de una 'inmortalidad' como sinónimo de vida eterna o infinita. En rigor, el caracter chino utilizado para 'Hsien' se yuxtapone a los caracteres de "hombre" y "montaña", lo que literalmente significaría "hombre que vive en la montaña". Así, la inmortalidad, referiría a la vida en una dimensión ultra terrena, una vida en la montaña de los dioses, y quienes la alcancen, serán seres dignos de veneración.

Ts'Ao Kuo-Chiu, el corazón virtuoso.

Ts'Ao Kuo-Chiu salió de su casa avergonzado después de que su hermano fuese ejecutado por asesinato. Se dedico a seguir el Tao. Cuando se encontró con los inmortales, Chung Li Chu'an y Lun Tung-pin, estos le preguntaron dónde estaba el camino y el señaló el cielo. Luego le preguntaron dónde estaba el cielo y el señaló su corazón. Entonces le enseñaron los secretos de la perfección y se convirtió en inmortal.

Chung Li Ch'uan, el frívolo.

De los ocho inmortales, Chung Li Ch'uan es el único que se corresponde con un personaje frívolo. En el arte chino se lo representa con un aspecto corpulento.

Ho Hsiang-Ku, la vírgen.

Ho Hsiang-Ku es la única mujer entre los ocho inmortales. Era una asceta taoista que vivió durante el reinado de la Emperatriz Wu. Virgen por decisión propia vivía en la montaña, donde en un sueño le fueron revelados los misterios de la inmortalidad. Se la representa con una flor de loto y es la protectora de las mujeres solteras.

Han Hsiang-Tzu, el músico.

Han Hsiang-Tzu era alumno de Lu Tung-ín. Consumado flautista, mediante sus órdenes puede hacer que florezcan las flores. Trepó al árbol de los melocotones de la inmortalidad, pero se cayó, aunque se hizo inmortal justo antes de llegar al suelo. Es patrón de la cultura.

Lan Ts' Ai-Ho, el juglar.

Lan Ts' Ai-Ho era un juglar errante, y a menudo se le representa con un laúd. Era un travestido afeminado (una especie de loco sagrado, que llevaba ropas calientes en verano y dormía sobre la nieve en invierno). Un día, se desmayó borracho fuera de una posada y subió al cielo en una nube. Es el protector de los pobres.

Lu Tung-Pin, el filósofo.

Lu Tung-Pin era un filósofo moral. Un día se encontró con Chung Li Ch'uan, el primero de los inmortales. Mientras que Chung Li estaba calentado vino de arroz, Lu se durmió y soñó con su vida futura, en la que tenía éxito y era feliz, pero finalmente perdía todo. Se despertó convencido de la vanidad de las ambiciones mundanas y se convirtió en discípulo de Chung Li. Viajaba por todo el mundo luchando contra el mal y ayudando a la gente. Se le representa con una espada mágica que le dio un Dragón de Fuego.

Li T'eih-kuai, el que proteje a los enfermos.

Li T'eih-kuai, significa "li con la muleta de hierro" y es el protector de los enfermos. Se lo representa como un mendigo viejo y rengo. Su alma fue llamada a los cielos para recibir las enseñanzas del espíritu de Lao Tzu, fundador del Taoísmo. Entonces Li le dijo a no de sus alumnos que quemaran su cuerpo sino regresaba en siete días. Sin embargo, el alumno, llamado al lecho de muerte de su madre, lo quemó al sexto día. Cuando Li regreso, tuvo que entrar en el cuerpo de un mendigo que acababa de morir de hambre. El alma de Li T'eih-kuai se representa en forma de vapor que se eleva de la cabeza que contiene la medicina de la vida, sobre el cuerpo de mendigo en el que se aloja.

Chang Kou-Lao, el ermitaño.

Chang Kuo-lao era un famoso ermita que se resistió a todos los intentos para que fuera a la capital. Por fin, realizó un viaje, a petición de la emperatriz Wy, pero al llegar al templo, cayó muerto. Su cuerpo se corrompió y fue devorado por los gusanos, pero pese a todo ello, resucitó. A partir de entonces, viajaba en un burro mágico que se podía doblar como si fuese un papel.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Introducción a la lectura de la Biblia.


Un documento introductorio a la lectura de la Biblia de gran valor para quienes buscan una guía, breve pero completa, sobre el origen de las Escrituras, el contexto histórico, contenido, posible orden de lectura, claves de interpretación.

COMO NACIÓ Y SE FORMÓ LA BIBLIA. ORIGEN

Los orígenes de la Biblia se encuentran en las «tradiciones orales», transmitidas de padres a hijos. Estas, a falta de escritura, tenían antiguamente mucha más vigencia que en la actualidad. Las primeras de esas tradiciones se remontan al tiempo de Moisés, 13 siglos antes de Cristo. En cuanto a los primeros textos escritos, datan del siglo XI, o sea, de la época del rey David.

A partir de entonces, se fue «haciendo» la Biblia. Para los judíos -que sólo tienen lo que nosotros llamamos el Antiguo Testamento- ella quedó terminada dos siglos antes de Jesucristo. Para los cristianos, en cambio, a fines del siglo I de nuestra era, con el último libro del Nuevo Testamento. La composición de la Biblia abarca, por lo tanto, nada menos que un milenio, y ninguno de sus autores sabía que estaba escribiendo la Biblia...

El Pueblo israelita, primero, y luego, la Iglesia reconocieron que esos escritos -entre muchos otros también de carácter religioso- habían sido inspirados por Dios para manifestares a los hombres a través de ellos. Pero esto tampoco ocurrió de golpe sino progresivamente. Sólo después de la destrucción de Jerusalén en el año 70, los judíos completaron su lista -lo que se llama el «canon»- de Libros Sagrados. Y la Iglesia terminó de hacer lo propio en el curso del siglo IV.

ES UNA SOLA BIBLIA

La Biblia es una sola, pero del Antiguo Testamento existe una versión hebrea y otra griega. La segunda fue elaborada en la ciudad de Alejandría, en Egipto, unos doscientos años antes de Jesucristo, para uso de los judíos que habitaban fuera de Palestina. En esta versión griega hay 7 libros y algunos fragmentos de otros dos que no fueron reconocidos como «inspirados» por los judíos de Palestina.

Estos Libros que no entraron en el canon hebreo son Judit, Tobías, 1ro. y 2do. de los Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc, incluida la Carta de Jeremías. A ellos hay que agregar una parte del libro de Ester y otra del libro de Daniel. La razón para no admitirlos es que algunos de ellos habían sido escritos originariamente en griego y de otros sólo se conservaba la traducción en esa lengua. Tampoco los protestantes los aceptan. La Iglesia Católica, en cambio, los incluye con el nombre de «deuterocanónicos», o sea, «reconocidos en segundo término».

¿Y en qué orden se escribió la Biblia?

Ciertamente, no en el que figura actualmente. Así, por ejemplo, los cinco primeros Libros que ahora la encabezan sólo adquirieron su forma definitiva en el siglo V antes de Jesucristo, cuando ya existían muchos otros del Antiguo Testamento. Y antes de que se escribieran los Evangelios, ya habían aparecido varias Cartas apostólicas. Sólo el Apocalipsis sigue un orden cronológico: es el que cierra la Biblia y, a la vez, el último que se escribió.

También varía el orden actual de ubicación de los Libros del Antiguo Testamento. En la mayor parte de las versiones se sigue el orden de la Biblia griega, que los ubica dentro de cuatro partes, a saber, el Pentateuco, los Libros históricos, los libros proféticos y los libros poéticos y sapienciales. Otras versiones siguen el orden de la Biblia hebrea, que contiene tres partes: la Ley , los Profetas y los demás Escritos.

En cuanto a los originales de la Biblia, se perdieron hace mucho tiempo, lo mismo que los originales de los grandes escritores de la antigüedad. Las copias más antiguas de casi toda la Biblia griega datan de los siglos IV al V de nuestra era. De la Biblia hebrea completa, los manuscritos más antiguos son de los siglos IX al XI.

Pero entre los años 1947 y 1957 se descubrieron cerca del Mar Muerto 600 fragmentos del Antiguo Testamento que datan de la época de Jesús. Y del Nuevo Testamento también se conservan algunos fragmentos bastante cercanos a la época en que fueron escritos.

«La Iglesia, instruida por el Espíritu Santo se esfuerza por acercarse cada vez más a una mayor comprensión de las Sagradas Escrituras para poder alimentar continuamente a sus hijos con las enseñanzas divinas». (Constitución sobre la Revelación divina, 23)


Para leer y comentar

Ecli. Prólogo

Mt. 5. 17; 11. 13; 22. 40

Lc. 16.16; 24. 27, 44

Jn 1. 45; Hech. 24. 14; 26.22

Para orar

«Tu Palabra, Señor, permanece para siempre, está firme en el cielo» Sal. 119. 89.

El Antiguo Testamento

Siglo X: Primeros textos del futuro Pentateuco; Proverbios 10. 1 - 22. 16

Siglo VIII: Amós, Oseas, Isaías I, Miqueas

Siglo VII: Primera redacción de los Libros "históricos", Jeremías

Siglo VI: Ezequiel, Isaías II y III, Redacción definitiva de los Libros "históricos"

Siglo V-IV :Pentateuco definitivo, Job, Proverbios definitivo

Siglo IV-III: Tobías, Cantar de los Cantares, Eclesiastés

Siglo II: Ester, Judit, Eclesiástico, Macabeos

Siglo I: Sabiduría

Siglo X-III: Salmos (muchos y recopilación definitiva, siglo V)

El Nuevo Testamento

Año 51 Cartas a los Tesalonicenses

Años 56-58 Cartas a los Romanos, Corintios y Gálatas, Carta de Santiago

Años 61-63 Cartas a los Colosenses y Efesios

Hacia 64 Primera Carta de Pedro

Años 65-70 Evangelio según san Marcos

Año 67 Carta a los Hebreos

Hacia 80 Evangelios según san Mateo y san Lucas, Hechos de los Apóstoles

Hacia 95 Evangelio según san Juan y Cartas de Juan, Apocalipsis

Biblia griega

Casi completa (Antiguo y Nuevo Testamento) s. IV-V:

-Códices Sinaítico - Vaticano - Alejandrino.

Fragmentos más o menos largos del Nuevo Testamento:

- 72 papiros: s. III

- Jn. 18. 31-33, 37-38: s II (1ra. mitad)

- Citas de los Padres y Leccionarios

Biblia hebrea

Completa (Antiguo Testamento):

- Códice de Leningrado: s. XI

- Códices de Siria y de Egipto: s. IX y X

- 600 fragmentos de todos los Libros, menos Ester: s. I (1ra. mitad), Isaías s. II a. C.

viernes, 10 de septiembre de 2010

JERUSALEM Y ALEJANDRO MAGNO.



Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno (Griego: Μέγας Αλέξανδρος, Megas Alexandros; Pella, 20 ó 21 de julio de 356 a. C. – Babilonia, 13 de junio de 323 a. C.), fue el rey de Macedonia desde 336 a. C. hasta su muerte. Hijo y sucesor de Filipo II de Macedonia, en su reinado de 13 años cambió por completo la faz del mundo al conquistar el Imperio Aqueménida y dar inicio a una época de extraordinario progreso e intercambio cultural, en la que lo griego se expandió por los ámbitos mediterráneo y próximoriental. Es el llamado Período Helenístico (323-30 a.C.).

Desde temprana edad, Alejandro demostró un enorme talento militar y fue nominado comandante en el ejército de su padre a la edad de 18 años. Habiendo conquistado toda Grecia, Felipe estaba a punto de embarcarse en una campaña para invadir al archienemigo de Grecia, el Imperio Persa. Antes de invadirlos, Felipe fue asesinado, posiblemente por Alejandro, quien luego se convirtió en rey en el año 336 AEC. Dos años más tarde en 334 AEC, cruzó el Hellespont (Turquía hoy en día) con 45.000 hombres e invadió al Imperio Persa.
En tres colosales batallas – Granices, Issus y Gaugamela – entre los años 334 y 331, Alejandro brillantemente (y a menudo temerariamente) condujo a su ejército a la victoria frente al ejército persa que los superaba en número por diez a uno. En 331 AEC, el Imperio Persa fue derrotado, el Emperador Persa Darío murió, y Alejandro era el gobernante indiscutido del Mediterráneo. Su campaña militar duró 12 años y lo llevó a él y a su ejército 10.000 millas hasta el Río Indus en India.
Cuando Alejandro observó su imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar.
Solo el agotamiento de sus hombres y la inoportuna muerte de Alejandro el 332 AEC a la edad de 32 años, pusieron fin a la conquista griega del mundo. Se dice que cuando Alejandro observó su Imperio, lloró porque ya no había nada más que conquistar. Su vasto Imperio no sobrevivió a su muerte, sino que se fragmentó en tres grandes trozos con centros en Grecia, Egipto y Siria, y controlados por sus antiguos generales.
En su máxima expansión, el imperio de Alejandro se estiró desde Egipto hasta India. Construyó seis ciudades griegas, todas llamadas Alejandría. (Sólo la Alejandría de Egipto sobrevive hasta el día de hoy). Estas ciudades, y los griegos que se asentaron en ellas, llevaron la cultura griega al centro de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia.
Los griegos no sólo eran imperialistas militares sino que también imperialistas culturales. Los soldados y los pobladores griegos llevaron sus formas de vida – su lenguaje, arte, arquitectura, literatura y filosofía – al medio oriente. Cuando la cultura griega se mezcló con la cultura del medio oriente, se creó un nuevo hibrido cultural – Helenismo (Hellas es la palabra griega para Grecia) – cuyo impacto sería mucho más grande y duraría mucho más que el corto periodo del imperio de Alejandro. Ya sea a través de las fuertes batallas, el arte, la arquitectura o la filosofía, la influencia del Helenismo en el Imperio Romano, en el Cristianismo y en el Oeste fue monumental. Pero es la interacción entre los judíos y los griegos, y el impacto del Helenismo sobre el judaísmo lo que queremos ver más en profundidad.

Desvío Hacia Israel
Durante su campaña militar contra Persia, Alejandro se desvió hacia el sur, conquistando Tiro y luego Egipto, pasando por lo que hoy en día es Israel. Hay una historia fascinante acerca del primer encuentro entre Alejandro y los judíos de Israel, quienes se encontraban bajo el dominio del imperio persa.
La narración respecto a la primera interacción entre Alejandro y los judíos se encuentra registrada tanto en el Talmud (Yomá 69a) como en el libro "Antigüedades Judías" del historiador judío Flavio Josefo (XI, 321-47). En ambos relatos el Sumo Sacerdote del tempo de Jerusalem, temiendo que Alejandro fuera a destruir la ciudad, salió a su encuentro antes de que llegara a la ciudad. La narración describe como Alejandro, al ver al Sumo Sacerdote, se bajó de su caballo e hizo una reverencia (Alejandro raramente, quizás nunca, se postraba ante alguien). En el relato de Flavio Josefo, cuando el general Parmerio le preguntó la razón, Alejandro respondió: "No hice una reverencia ante él, sino ante el Dios que lo ha honrado con el Sumo Sacerdocio; pues he visto a esta misma persona en un sueño, con esta misma apariencia".
Como tributo a su apacible conquista, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy.
Alejandro interpretó la visión del Sumo Sacerdote como un buen presagio, y por tanto se apiado de Jerusalem, absorbiendo pacíficamente a la tierra de Israel en su creciente imperio. Como tributo a su conquista apacible, los sabios declararon que los primogénitos de aquella época fueran llamados Alejandro – el cual sigue siendo un nombre judío hasta el día de hoy. Y el día de aquel encuentro, 25 de Tevet, fue declarado una festividad menor.

Judíos Y Griegos
Así comenzó una de las más interesantes y complejas relaciones culturales del mundo antiguo. Los griegos no habían conocido nunca antes a nadie como los judíos, y los judíos nunca habían conocido a nadie como los griegos. La interacción inicial parecía ser bastante positiva. Para los judíos, los griegos eran una nueva y exótica cultura del oeste. Tenían una profunda tradición intelectual que producía filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles (quien fue el tutor de Alejandro por dos años). Su amor por la sabiduría, la ciencia, el arte y la arquitectura los separaban de otras culturas con las que los judíos habían interactuado antes. El idioma griego fue considerado tan hermoso, que el Talmud lo llamó en cierta forma el más hermoso de todos los idiomas y los Rabinos declararon que un rollo de la Torá incluso podría ser escrito en griego.
Los griegos nunca habían conocido a nadie como los judíos – la única nación monoteísta que tenía un concepto único de un Dios infinito, que ama, que se preocupa por su creación y que actúa en la historia. Los judíos tenían tradiciones legales y filosóficas increíblemente profundas y complejas. Tenían una tasa de alfabetización y una infraestructura de bienestar social nunca antes vista en el mundo antiguo. Los griegos estaban tan fascinados con los judíos, que fueron los primeros en traducir la Biblia en otro idioma cuando el Rey Ptolomeo II (c. 250 AEC) obligó a 70 Rabinos a traducir la Biblia hebrea al griego (conocida como la "Septuaginta", que significa "70" en griego).

Dos imperios griegos emergieron en el medio oriente después de la muerte de Alejandro: Los Ptolomeos en Egipto y los Seléucidas en Siria. La tierra de Israel se encontraba en la frontera entre estos dos imperios. Inicialmente, los judíos se encontraban bajo el control de los Ptolomeos, pero luego de la batalla de Panias en 198 AEC, Israel pasó a estar bajo el dominio de los Seléucidas, y su rey Antíoco.
Mientras que la alta esfera de la sociedad judía, junto con el resto de la población del mundo mediterráneo, adoptó rápidamente la cultura helenista (algunos hasta el punto de renegar su identidad judía), la vasta mayoría de los judíos se mantuvieron leales al judaísmo. Este "rechazo" del estilo de vida helenista fue visto como una gran hostilidad por muchos griegos y fue considerado como una forma de rebelión. Las exóticas diferencias que alguna vez sirvieron como fuente de atracción entre las dos culturas, crearon ahora un quiebre que llevaría a una guerra civil. Para complicar las cosas, Israel era el estado fronterizo entre estos dos imperios griegos rivales, y los judíos, que rehusaban asimilarse, eran vistos como una población desleal en partes vitalmente estratégicas del Imperio Seléucida.

Sería errado ver el conflicto simplemente como Grecia contra los judíos. Tensiones internas en la comunidad judía contribuyeron de forma significativa al conflicto. Muchos de los judíos helenizados tomaron el asunto en sus manos, e intentaron "ayudar" a sus hermanos más tradicionalistas, "arrastrándolos" fuera de lo que ellos percibían como creencias primitivas, para introducirlos así al "moderno" mundo de la cultura griega. (Este patrón se ha repetido en varias ocasiones dentro de la historia judía – en Rusia en el siglo 19 y en Alemania, por nombrar algunos ejemplos). Para lograr su propósito, estos judíos helenizados solicitaron la ayuda de sus aliados griegos, incorporando finalmente al mismísimo rey, Antiocus IV Epifánes, al conflicto.

Milagro De Januca
A mediados del siglo II AEC, Antiocus publicó un decreto, que hasta ese entonces nunca había sido escuchado en el antiguo mundo multicultural y religiosamente tolerante: Derogó la religión de otras personas. El prohibió la enseñanza y la práctica del judaísmo. El libro de los macabeos (probablemente escrito por un judío cronista a principios del siglo I AEC) lo describe de la siguiente forma: mucho después, el rey mandó un senador ateniense para obligar a los judíos a abandonar la ley de sus padres y para que dejaran de vivir según las leyes de Dios, y también para profanar el Templo de Jerusalem y llamarlo el Templo del Zeus Olímpico". Macabeos 6:1-2).
La luz de Januca es simbólica de la victoria real – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo.
Las brutales persecuciones griegas provocaron la primera guerra religiosa/ideológica en la historia – la rebelión de los macabeos. La revuelta fue liderada por la familia sacerdotal de Matatías y sus cinco hijos, de los cuales el más famoso fue Yehudá. Contra todas las probabilidades, el diminuto ejército guerrillero de los macabeos venció al profesional, más grande y mejor equipado ejército griego. Luego de tres años de batalla, Jerusalem fue liberada. El templo, que había sido profanado, fue limpiado y dedicado nuevamente a Dios. Fue durante este periodo de limpieza y re-dedicación del Templo que ocurrió el milagro de Januca. Un pequeño frasco de aceite utilizado por el Sumo Sacerdote para encender la menorá del Templo, que debería haber sido suficiente tan sólo para un día, milagrosamente duró ocho días.

El conflicto se extendió durante varios años más y cobró la vida de muchos judíos, incluyendo Yehudá el macabeo y varios de sus hermanos. Finalmente, los griegos fueron vencidos y el judaísmo sobrevivió.
Discutiblemente, la victoria militar de los judíos por sobre el imperio griego, fue un milagro mucho más grande que el aceite que duró durante ocho días. Pero la luz de Januca simboliza la real victoria – la supervivencia de la luz espiritual del judaísmo. Su milagrosa subsistencia permitió que los judíos generaran un monumental impacto en el mundo que ha excedido por mucho el minúsculo tamaño del pueblo judío, entregándole al mundo el concepto de un Dios único y los valores de la santidad de la vida, la justicia, la paz y la responsabilidad social, que son los cimientos morales/espirituales de la civilización occidental.


Alejandro según VOLTAIRE.

Los historiadores sólo se deben ocupar hoy de Alejandro para decir algo nuevo de él, para destruir las fábulas históricas, físicas y morales que desfiguran la historia del único grande hombre que hubo entre los conquistadores de Asia.

Cuando se reflexiona sobre lo que hizo Alejandro, el cual, en la edad fogosa de los placeres y en la embriaguez que producen las conquistas, fundó más ciudades que los demás conquistadores del Asia destruyeron; cuando se reflexiona que un joven de veintidós años cambió el comercio del mundo, nos sorprende y nos extraña que Boileau le trate de loco, de ladrón de carretera, y proponga al superintendente de policía La Reynié unas veces que le encierre en una cárcel, y otras que mande que le ahorquen. Semejante petición, si se presentara en el tribunal del palacio de policía, no debía admitirse, porque se oponen a su admisión el derecho consuetudinario de París y el derecho de gentes.

Alejandro estaba «exceptuado», porque fue elegido en Corinto capitán general de la Grecia, y por su cargo debía vengar a la patria de las invasiones de los persas, y cumplió con su deber destruyendo ese Imperio. Y uniendo siempre a la magnanimidad el más extraordinario valor, respetando a la mujer y a las hijas de Darío, prisioneras suyas, no mereció de ningún modo ser encarcelado ni condenado a muerte, y si lo fuese tendría derecho a apelar ante el tribunal del mundo entero de la sentencia indigna y necia de La Reynié.

Rollín afirma que Alejandro se apoderó de la famosa ciudad de Tiro por favorecer a los judíos, enemigos de los troyanos. A pesar de esto que dice Rollín, es probable que Alejandro tuviera otras razones, entre ellas la de convenir a un capitán prudente no dejar que Tiro fuera dueña del mar mientras él se dirigía a atacar Egipto.

No cabe duda que Alejandro respetaba Jerusalén; pero paréceme que es impertinente decir que «los judíos ofrecieron un ejemplo raro de fidelidad, digno del único pueblo que conocía entonces al verdadero Dios, negándose a entregar víveres a Alejandro, porque habían jurado ser fieles a Darío». Sabido es que los judíos se sublevaban contra sus soberanos en muchas ocasiones, porque, según su ley, no debían servir a ningún rey profano.

Si se negaron imprudentemente a pagar contribuciones a su vencedor, no se negaron por ser fieles a Darío, sino porque su ley les ordenaba expresamente que miraran con horror a las naciones idólatras. En sus libros las execran continuamente, y constan en ellos las reiteradas tentativas que hicieron para sacudir su yugo. Si al principio se negaban a pagar las contribuciones, fue porque sus rivales, los samaritanos, las pagaron sin dificultad, y porque creyeron que Darío, hasta siendo vencido, era todavía bastante poderoso para sostener a Jerusalén contra Samaria.

También es falso que los judíos fueran entonces «el único pueblo que reconoció al verdadero Dios», como dice Rollín. Los samaritanos adoraban a Dios, pero en otro templo; poseían el mismo Pentateuco que los judíos y con los mismos caracteres hebraicos, esto es, tirios, que los judíos habían perdido. El cisma que se promovió entre Samaria y Jerusalén fue, en pequeña escala, lo mismo que el cisma promovido entre los griegos y los latinos. El odio fue igual por entrambas partes, suscitado por el mismo fondo de religión.

Alejandro, en cuanto se apoderó de Tiro con el apoyo del famoso dique, que hoy todavía causa la admiración de los inteligentes, fue a castigar a Jerusalén, que estaba cerca del camino que pensaba seguir. Los judíos, llevando al frente su sumo sacerdote, se presentaron a él humildemente y le entregaron cuantiosa suma, porque es sabido que el dinero apacigua a los conquistadores irritados. Alejandro se apaciguó, y los judíos continuaron siendo vasallos suyos y de sus sucesores. Esta es la historia verdadera y verosímil.

Rollín repite un extraño cuento, tomándolo del exagerado historiador Flavio Josefo, que lo refirió unos cuatrocientos años después de la expedición de Alejandro. Pero éste merece perdón, porque trata en todas las ocasiones de defender a su desgraciada patria. Rollín dice después de Josefo que cuando el sumo sacerdote Jaddus se prosternó ante Alejandro, éste vio el nombre de Jehová grabado en una lámina de oro que brillaba en el birrete de Jaddus, y como entendía perfectamente el hebreo, se arrodilló a su vez y adoró a Jaddus.

Como este exceso de cortesía asombró a Parmenión, Alejandro le dijo que conocía a Jaddus hacía mucho tiempo; que se le apareció diez años atrás con el mismo traje y con el mismo birrete, mientras él estaba soñando en la conquista del Asia (conquista en la que no pensaba entonces); que el mismo Jaddus le excitó a pasar el Helesponto, asegurándole que Dios se pondría al frente de los griegos y le haría vencer a los persas. Ese cuento de vieja estaría en su sitio en la historia de Los cuatro hijos de Aymón y en la de Roberto el Diablo, pero es indigno de figurar en la vida de Alejandro.

Sería muy útil para la juventud publicar una Historia antigua bien razonada, de la que se extirpasen cuentos y absurdos. La fábula de Jaddus merecería respeto si a lo menos se encontrara en los libros sagrados; pero como ni siquiera la mencionan, nos es lícito ponerla en el ridículo que se merece.


No se puede dudar que Alejandro conquistó la parte de las Indias que está más acá del Ganges, y que era tributaria de los persas. Mr. Holwell, que vivió treinta años entre los brahmanes de Benarés, que aprendió su lengua moderna y su antigua lengua sagrada, nos asegura que en los anales de aquéllos está probada la invasión de Alejandro, al que llaman Mahadukoit Kounha, gran bandido, gran asesino.

Esos pueblos pacíficos no podían llamarle de otro modo, y es creíble que pusieran igualmente sobrenombres semejantes a los reyes de Persia. Sus anales dicen que Alejandro entró en el país por la provincia que se llama hoy Bandahar, y es probable que tuviese algunas fortalezas en aquella frontera.

Alejandro descendió luego por el río Zombodipo, que los griegos llamaron Sind. No se encuentra en la historia de Alejandro ni un solo nombre indio. Los griegos no llamaron nunca por su propio nombre a una sola ciudad ni a ningún príncipe asiático; lo mismo hicieron con los egipcios: hubieran creído deshonrar la lengua griega sujetándola a una pronunciación que les parecía bárbara.

Si Flavio Josefo refirió una fábula ridícula concerniente a Alejandro y a un pontífice judío, Plutarco, que escribió mucho tiempo después de Josefo, también quiso adornar con alguna fábula la vida de su héroe. Aumentó todavía lo que dice Quinto Curcio. Uno y otro aseguran que Alejandro, al dirigirse a la India, ordenó que le adoraran, no sólo los persas, sino también los griegos. Pero es preciso saber lo que Alejandro, los persas, los griegos, Quinto Curcio y Plutarco entendían por la palabra «adorar».

Si entendemos por «adorar» invocar a un hombre como a una divinidad, ofrecerle incienso y sacrificios, erigirle altares y templos, Alejandro no exigió nada de todo eso. Si pretendió que, siendo el vencedor y el dueño de los persas, le saludaran a la manera persa, que se prosternaran ante él en ciertas ocasiones y que le trataran como a un rey persa, no pretendió nada que no fuera natural y razonable.

Los miembros de los Parlamentos de Francia hablan de rodillas a los reyes cuando presiden los tribunales de justicia. El Tercer Estado habla de rodillas en los Estados Generales. Arrodillados sirven los vasos de vino al rey de Inglaterra, y de este modo sirven a muchos reyes de Europa en su consagración. De rodillas hablan al Gran Mogol, al emperador de la China y al emperador del Japón. Los consejeros de la China de orden inferior doblan la rodilla ante los consejeros de orden superior. Como reverencia al Papa, le besan el pie derecho. Ninguna de tales ceremonias se consideró nunca como una adoración en el sentido riguroso de la palabra; de modo que todo lo que se ha dicho sobre la supuesta adoración que exigió Alejandro está basado en un equívoco.

Sólo Octavio, que tomó por sobrenombre Augusto, mandó realmente que le adoraran, tomando la palabra en el sentido más estricto. Le erigieron templos y altares, y se conocieron sacerdotes de Augusto; fue esto un verdadero sacrilegio de adoración.

Las contradicciones respecto al carácter de Alejandro serían más difíciles de conciliar si no supiéramos que los hombres desmienten su propio carácter muchas veces, y que la vida y la muerte de los mejores ciudadanos y la suerte de una provincia han dependido con frecuencia de la buena o la mala digestión de un soberano bien o mal aconsejado.

Pero ¿cómo es posible conciliar hechos improbables que se refieren de una manera contradictoria? Unos autores dicen que Calisteno fue sentenciado a muerte y crucificado por orden de Alejandro, porque no le quiso reconocer como hijo de Júpiter. A esto debemos objetar que los griegos no usaban el suplicio de la cruz. Otros autores dicen que murió mucho tiempo después, de un exceso de gordura. Ateneo asegura que le encerraron en una jaula de hierro, como un pájaro, y en ella se lo comieron los gusanos. No es posible deducir la verdad de hechos tan contradictorios.

En la historia de Alejandro se encuentran aventuras que Quinto Curcio supone sucedidas en una ciudad y Plutarco en otra, y las dos ciudades distan una de otra quinientas leguas. Alejandro, completamente armado y solo, asalta una muralla y entra en una ciudad que estaban sitiando; esta ciudad estaba cerca de Candahar, si hemos de creer a Quinto Curcio, y cerca de la embocadura del Indo, si hemos de creer a Plutarco.

Cuando Alejandro llega a las costas de Malabar o al Ganges (que dista un punto de otro cerca de novecientas millas), manda que se apoderen de diez filósofos indios, que los griegos llamaban gimnosofistas, y que iban desnudos como los orangutanes. Les propone cuestiones dignas del Mercurio galante de Visé, y les asegura con seriedad que ahorcará primero al que las resuelva peor, y así sucesivamente mandará ahorcar a los otros.

Esa anécdota se parece a la de Nabucodonosor, que prometió matar a sus magos si no le adivinaban uno de los sueños que él había olvidado; y a la del califa de Las mil y una noches, que quería estrangular a su narradora en cuanto terminara de referirle el cuento. Plutarco es el que refiere esta tontería, y preciso es respetarla: Plutarco era griego.

Puede colocarse ese cuento al lado del envenenamiento de Alejandro por Aristóteles. Plutarco nos refiere que oyó decir a un tal Agnotemis, el cual a su vez lo había oído decir al rey Antígono, que Aristóteles envió una botella de agua de Nonacris, ciudad de la Arcadia; que esa agua era tan fría que mataba de repente a los que la bebían; que Antípatra envió dicha agua en un casco de pezuña de mulo, y por esto llegó fresca a Babilonia; que Alejandro la bebió y que murió al cabo de seis días, víctima de continua fiebre.

Aunque Plutarco lo dice, duda de la veracidad de esa anécdota. Lo que resulta probado en la historia de Alejandro es que a la edad de veinticuatro años conquistó la Persia en tres batallas; que tuvo tanto genio como valor; que cambió la faz de Asia, de Grecia y de Egipto y la del comercio del mundo, y que Boileau no debía burlarse de él no siendo capaz de realizar tan gigantescas empresas ni en doble número de años.

La guerra del Peloponeso y las novedades tácticas que se iban imponiendo en los campos de combates fueron los elementos principales que en su momento acabaron con el poder de la Grecia Clásica. Atenas había sido derrotada, y Esparta, la otra gran superviviente de aquellos pueblos griegos, estaba materialmente agotada frente al empuje tebano.

Leuctra, en el año 371 a.C. y Mantinea en el 362 a.C. supusieron dos fuertes derrotas griegas frente al ejercito tebano comandado por Epanimondas. Fue el fin de la hegemonía de Atenas, y como resultado de aquella derrota, para fijar la paz en el territorio, los tebanos tomaron como rehenes a muchos hijos de altos nobles griegos. Uno de aquellos rehenes fue Filipo, padre del gran Alejandro.

Unos años después aquel joven griego se convertiría en rey de Macedonia, un pequeño territorio que formaba parte de la Grecia Clásica. Pero Filipo II volvió de su retiro tebano con las miras muy altos y una ambición fuera de control. Había aprendido muchas de las novedosas técnicas de guerra tebanas y, además, sabía que no todos los reinos eternamente. Poco a poco, en su cabeza se fue fijando la idea de hacer grande a Macedonia.

Decidido a ello, empezó a crear el que sería años después el ejército más poderoso del Mundo. Aquella ambición, aquella fuerza interior y aquél ejército formaron parte de la persona en que luego se convertiría el gran Alejandro, hijo de Filipo y de Olimpia. Había adquirido el carácter dominante y guerrero del padre con la inteligencia supina y su pequeña dosis de locura de la madre.

Cuando en el año 336 a.C. su padre Filipo fue asesinado, Alejandro se convirtió en Rey de Macedonia por derecho propio.

Nacido en Pella, en el año 356, habia sido desde muy pequeño preparado para ser rey, y aunque le faltaba la fuerza corporal que el padre le requería, sí tenía la inteligencia para saber controlar en cada momento el combate y la organización. No en balde había tenido como maestro a Aristóteles.

Filipo había conseguido unir bajo su reinado a diversos territorios a los que había conquistado, pero a su muerte, la lucha por el poder devino en rebeliones internas, que el propio Alejandro se encargó de sofocar en sus primeros años de reinado. Sin embargo, en su mente subyacía la misma idea que le había inculcado su padre, Filipo II de Macedonia: la de formar un gran ejército y vengarse de todos aquellos que pusieron de rodillas a los griegos años atrás. Quería derrotar a los persas, a los que comandaba el Rey Darío III.

En el año 334 a.C. su ambición ya no pudo más y con un pequeño ejército de apenas 35.000 soldados, se lanzó contra su enemigo. Había conseguido unir bajo su mando a los griegos y su fuerza y conocimiento se acrecentaba por meses. Y, sobre todo, el terror que ya infundía su nombre por todos lados, ya que su primera acción fue lanzarse contra los tebanos que tan severa derrota habían infringido a los atenienses y espartanos años atrás. Los tebanos fueron practicamente aniquilados y su población vendida como esclava.

Después de aquello, ningún otro poblado fue capaz de oponerse a sus designios. Ya sólo le faltaba cruzar los Dardanelos e ir a por Darío III y los sátrapas que manejaban el gobierno persa en aquella época. Era el momento de Alejandro. El momento de la Historia en que nació un gran conquistador: Alejandro Magno

Muerto su padre, Filipo II, Alejandro, a sus 16 años, se deshizo de cuantos se oponían a su reinado. Además la situación que vivía el país era extremadamente delicada, con guerras en los tres frentes: los agrianos, tracios e ilirios en el norte; los griegos por el sur; y los persas por el este.

La solución eran las guerras relámpagos; atacarles rápidamente y no dar tiempo ni a que se agruparan ni a que quedaran rodeados por uno u otro bando. Sus decisiones serían rápidas y muy medidas: acabar con las revueltas en Grecia y al norte de su país antes de marchar a Persia.

Quedaron muchos detalles de aquellas guerras que contribuyeron a darle al gran Alejandro parte de esa fama que fue alcanzando con el paso de los años, como cuando en una estrategia de genio, en las llanuras de Tesalia, rodeó al ejército griego esculpiendo ¡una escalera en la montaña! La velocidad era su mejor arma; la constancia y la movilidad de sus tropas la mejor barrena contra los enemigos, y con ellas, una y otra vez consiguió sus propósitos de irse adentrando en el continente, y ganar sus batallas sin tan siquiera tener que luchar. Finalmente, los griegos capitularon.

Darío tenía que seguir esperando a pesar de ser su gran obsesión, porque ahora tenía por delante una dura batalla contra los tracios. Alejandro Magno planeó todos y cada uno de sus enfrentamientos sin descuidar ningún detalle; enseñó a sus hombres a luchar con carros utilizando sus escudos sobre sus cabezas como carretera metálica para aquéllos; fue uno de los primero en usar armas de guerra y fue, precisamente gracias a las catapultas, como consiguió pacificar todo el sur de la Tracia antes de llegar finalmente al Danubio , y por último usó sus barcos a modo de cuña que separó a los ejércitos enemigos, evitando que las distintas tribus bárbaras pudieran reunirse. Fue, en suma, una campaña hábilmente planeada, que hizo que en poco tiempo Alejandro tuviera totalmente controlado todo el norte.

Sin embargo, su personalidad extraña y solitaria empezó a asomar cuando empezaron sus luchas al oeste, su siguiente objetivo, los persas. El Oriente siempre había sido la fascinación de Alejandro Magno. Pero antes había de rendir culto a sus dioses y ninguno mejor que Troya, el lugar donde habían luchado otros grandes héroes, Heracles y Aquiles. Allí se hicieron las ceremonias necesarias para conseguir el beneplácito de los 12 dioses a los que debía lealtad. Y con él, marchó contra Darío.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Los Antiguos Deberes.


El hombre es la medida de todas las cosas. Protágoras.

Las llamadas Old Charges o «Antiguos Deberes» constituyen los códigos por los que se regían las asociaciones medievales de constructores de la Gran Bretaña. Los más antiguos que se conocen son el manuscrito Regius, fechado aproximadamente en 1390, y el Cooke, perteneciente a la primera década del siglo XIV [1]. En la actualidad, se tiene noticia de más de cincuenta textos de parecidas características, aunque todos son posteriores a los dos citados. Por su importancia destacan el manuscrito Grand Lodge nº 1, de 1583, así como el Status Schaw, de 1589 y 1599, de origen escocés. Los códigos posteriores al siglo XVI que han llegado hasta nosotros son numerosos: destaquemos los ms. Watson (1687), Sloan (1700) y Trinity College, de fecha cercana al anterior. Estos tres son probablemente los más importantes, pues junto con el Regius y el Cook (I y II) están en el origen directo de las Constituciones masónicas de 1723, redactadas por el pastor presbiteriano James Anderson y J. T. Désaguliers, pastor anglicano, que es la carta fundacional de la masonería practicada en la actualidad [*].

Todos los Antiguos Deberes están formados por tres partes bien diferenciadas: la primera comienza con una invocación a Dios, a la Virgen y a los santos, lo que revela un origen católico incontestable [2]. La segunda parte relata la historia legendaria del arte de construir, asimilado siempre a la geometría; la tercera es de carácter deontológico.

El Regius es un poema compuesto de 794 versos, e incluye una apartado dedicado al «Arte de los cuatro coronados» [3]. En cuanto al Cooke, está escrito en prosa y está formado por dos partes heterogéneas, que son en realidad la unión de dos textos de diferente origen; por eso se habla del Cooke I y II. Tanto éste como el anterior, constituyen recensiones de una misma tradición que era en gran parte oral; conviene subrayar este punto. Las Old Charges posteriores conservaron lo esencial de la narración histórico legendaria y los deberes comunes a ambos manuscritos.

Además de los mencionados, en la actualidad conocemos muchos otros reglamentos de corporaciones de constructores medievales, como los de Colonia, de 1212, Ginebra (1213 y 1229), París (1225), Bolonia (1248), Estraburgo (1275), Montpelier (1365) y Ratisbona, ya en el siglo XV (1459). Todos ellos contiene elementos muy próximos a las Old Charges británicas, y aunque no estén en el origen directo del texto redactado por Anderson y Désaguliers, su proximidad a la masonería actual es del todo manifiesta.

Estamos, sin duda, ante una tradición muy antigua, que podemos remontar a Egipto y a sus discípulos de la Grecia clásica. Roma desarrolló también sus propias formas iniciáticas, donde los collegia fabrorum pueden ser consideradas en parte el modelo de las corporaciones medievales de oficio. En ellas convivían dos realidades: la propia del oficio y la iniciática. En la Roma imperial, por ejemplo, las cofradías de constructores albergaban fraternidades dionisíacas que no creemos tuvieran por objetivo levantar templos de piedra vulgar.

Estas formas de organización perduraron en Europa a pesar de los avatares; en el siglo XV constatamos la existencia de asociaciones en las que se practican ceremonias de iniciación, algunos de cuyos elementos se han conservado en la masonería hasta la actualidad. El testimonio aportado por el abad Grandidier es un excelente ejemplo de lo que decimos. Este historiador de la catedral de Estrasburgo descubrió en sus archivos documentos antiguos del mayor interés, que demostraban la existencia de una realidad iniciática oculta en las corporaciones de constructores, a la que no tenían acceso la mayoría de obreros. Uno de estos documentos relata que en abril de 1459 se reunieron en Ratisbona los maestros de las logias de Alemania, con el objetivo de unificar los estatutos de todas ellas. Gracias a dicho manuscrito sabemos que en la ceremonia de iniciación se vestía al aspirante como un mendigo [4] y era despojado de sus armas y de todos los objetos metálicos. Se le descubría el pecho y el pie izquierdo y, con los ojos vendados, era conducido a una puerta que debía golpearse tres veces. Delate del maestro había una mesa con una escuadra, un compás y los Evangelios abiertos. El neófito juraba guardar el secreto y, retirándole la venda de los ojos, se le mostraba la triple gran luz. A continuación le daban a conocer la palabra de paso, el saludo y los toques propios de los aprendices. [5]

El documento citado demuestra con claridad que coexistieron dos saberes: el exterior, basado en el oficio, y el interior o iniciático. También pone en evidencia que la masonería no es sólo de origen inglés, sino que sería más adecuado hablar de un sustrato iniciático común en Europa, que la masonería actual ha conservado con más o menos fidelidad.

En cuanto a la admisión de personas ajenas al oficio de construir, todo indica que ésta era una práctica habitual desde mucho antes de la aparición de la masonería moderna o especulativa. Tenemos constancia de ello ya en el siglo XIII; si examinamos la lista de los miembros que componían la corporación de constructores en Bolonia, en el 1248, comprobamos que figuran como «maestros» personas que son notarios, panaderos, farmacéuticos, religiosos, filósofos e incluso un poeta [6]. Sin duda esos miembros eran «masones aceptados» o especulativos, y no acudían al gremio para recibir lecciones de arquitectura profana, sino de arquitectura filosófica.

Incluso la historiografía de la masonería inglesa, siempre tan reacia a admitir poluciones esotéricas en el pasado de la Orden, debe aceptar trabajos como el del historiador David Stevenson, quien ha demostrado que el hermetismo había impregnado completamente el cuerpo doctrinal de la masonería escocesa del siglo XVI (como también la medieval, añadimos nosotros). Y precisamente los contenidos herméticos sedujeron a muchas personas ajenas al arte de construir edificios [7]. La supervivencia de este patrimonio supone la transmisión ininterrumpida, a lo largo de varios siglos, de una tradición básicamente oral que, como pretendemos demostrar, estaba estrechamente vinculada al arte hermético.

Antes de continuar queremos hacer una precisión acerca de los masones llamados operativos. Tanto en la Edad Media como en épocas posteriores, la gran mayoría de los canteros, albañiles y obreros de otros oficios vinculados a la construcción, como los carpinteros, no participaron nunca en las organizaciones propiamente iniciáticas que cobijaban la asociaciones profesionales, puesto que la iniciación estaba reservada a una élite, muchos de cuyos miembros ni siquiera pertenecían al oficio de construir, como hemos visto. Por lo tanto debemos entender la «operatividad» en su sentido radical y hermético: el masón «operativo» era y es aquel que ha recibido la verdadera iniciación; gracias a ese don de Dios posee la Materia de la vida y puede construir el Templo del Hombre.

Por otra parte, noticias y documentos dispersos nos hacen entrever que existió siempre un mundo más o menos oculto –también fuera de las corporaciones de oficio— también fuera de las corporaciones de oficio donde se desarrollaron las sociedades iniciáticas, más allá de las épocas y las fronteras. Sirva como ejemplo el manuscrito Sloam, de 1700, donde se dice que los masones de España, Turquía y Francia se reconocían entre ellos por medio de un signo, que consistía en la genuflexión de la rodilla izquierda, al tiempo que levantaban la mano izquierda al sol [8]. En el siglo XIII, el arquitecto Villard de Honnecourt se expresa, al referirse a la geometría, en los mismos términos que los hace el ms. Regius, que es de finales del siglo XIV.

De hecho, la historia de nuestra civilización europea está penetrada, desde sus orígenes, por un hilo de la gnosis. En un río oculto que ha alimentado un gran número de sociedades secretas y discretas, de las que sabemos muy poco, como la de los Hermanos Moravios, los verdaderos Rosacruces o la Familia de Amor, que en el siglo XVI contaba con miembros en España, Países Bajos e Inglaterra [9]. El ideal caballeresco no respetó fronteras, como tampoco el neoplatonismo, durante los siglos XVI y XVII el vivo interés por la alquimia llegó a todos los rincones de Europa.

Es cierto que no sabemos gran cosa de las prácticas propiamente iniciáticas de tales sociedades, pues no se escribían actas de ciertas actividades. Téngase en cuenta que la inclinación a escribirlo todo –y después a publicarlo— es algo muy reciente. Conviene recordar la llamada Gran Carta de Platón, donde el filósofo griego –que entonces tenía setenta y cinco años— afirma lo siguiente: «Pues nuestra garantía más segura consiste en no escribir, sino en aprender de memoria (…) He aquí por qué yo jamás he escrito nada sobre esos temas…». [10]

¿A qué temas se refería Platón, que tantos libros había escrito? Nos lo dice en otra de sus cartas, en la que habla del saber que debe permanecer oculto: «desde luego yo no he escrito nada sobre estas cosas, y nunca lo escribiré: porque ese conocimiento no es en modo alguno comunicable, como lo son otros, puesto que es el resultado del establecimiento de un comercio repetido con lo que es la propia materia de ese saber, resultado de una existencia compartida con ella…». [11]


El Arte de la Geometría en las Old Charges

Desde el Regius, todos los Antiguos Deberes asimilan la masonería a la geometría; así pues, el francmasón [12] practica la geometría; veamos en qué consiste dicho arte, al arte, al que nos aproximaremos a partir de las definiciones que ofrecen los propios textos. Dice el Regius que, «gracias a la buena geometría, este honesto oficio, que es la buena masonería, fue así constituido y creado» (vv. 19-21). Notemos que habla de la buena geometría, y no de la vulgar, por eso la «noble ciencia de geometría» es «la base de todas las otras» y es por tanto el fundamento de todos los saberes (38 y 45-47). Dice también que practicar la geometría consiste en la «medición de la tierra» (86-88), interpretación que viene indicada por el significado mismo de la palabra «medición de la tierra» (98), del griego ge y metron, tierra y medida.

Suponemos que los constructores medievales poseedores de esta tradición habían tomado el sentido etimológico de la palabra de nuestro santo filólogo Isidoro de Sevilla, al que se cita en el ms. Cooke como fuente de autoridad. [13] El mismo manuscrito continúa refiriéndose a la naturaleza y cualidades del arte de geometría con estas palabras: «Pues la geometría es hasta tal punto la medición de la tierra que puedo decir que los hombres viven todos de geometría (…) Querría daros muchas otras pruebas de que la geometría es la ciencia que hace vivir a todos los hombres dotados de razón…» (120-122, 125-128).

Nos parece evidente el carácter hermético de este pasaje, pues el texto atribuye a la geometría propiedades que nada tienen en común con un arte vulgar. En el lenguaje hermético medir la tierra significa poner límites, corporificar al Dios del cielo, también llamado Alma del mundo, Isis, etc., porque medir supone siempre dar cuerpo a lo que carece de él: el cielo. Así, el masón operativo es quien corporifica la tierra celeste para unirla al cielo terrestre. Todos vivimos de geometría porque el Dios del cielo nutre la vida y la mantiene, y todos vivimos también del Dios que hemos sepultado en nostros a raíz de la caída. Es un Dios dormido, mal medido, insensible, que necesita la medida de la misericordia para convertirse en nuestro Señor y Salvador, es como un caballero que busca unirse a su dama para conocerse, para conocer su propia estatura [14].

El arte de la geometría posee también una «ciencia» que «vivir a todos los hombres dotados de razón». Todo vivimos de Dios, pero a algunos Dios les hace vivir: son los «dotados de razón». Tampoco aquí se habla de razón ordinaria, sino entendida en clave hermética. En la Vulgata, san Jerónimo traduce en muchas ocasiones Logos por Ratio, por lo que podemos interpretar que los dotados de razón poseen el Logos, o el don del Intelecto, en expresión de Dante, [15] pues existe una relación estrecha entre el verbo y la creación verdadera; Adán determina las cosas al darles un nombre, las crea mediante el Logos.
El primer sentido del vocablo latino ratio es cálculo, operación, el segundo es razón e inteligencia; ración proviene de ratio. Vemos pues que esta palabra contiene la idea de proporción y medida. La identificación de la geometría con la medida y la corporificación del cielo no es un invento masónico, pues en la Tradición hermética todo ya ha sido dicho desde el principio; veremos a continuación que desde antiguo van unidos los conceptos de medida y geometría; he aquí algunos ejemplos.

Aristófanes (siglo V-IV a. C.) afirma en boca de uno de sus personajes, que emula a Tales de Mileto: «Quiero medir geométricamente el aire (…) mido por medio de la regla recta, de modo que el círculo se convierte en un cuadrado…». [16] Cuadrar el círculo no es otra cosa que corporificar el cielo, o «o medir geométricamente el aire».

Jámblico dice que el alma «resulta ser de una dignidad igual a los dioses, da a ellos una parte de sí y a su vez recibe de ellos; impondrá a los seres superiores las medidas y será ella misma delimitada por ellos» [17].

Filolao, filósofo griego del siglo IV a. C., llama «medida de la naturaleza» al «fuego que hay en el medio, al que denomina también «hogar del universo, casa de Zeus (…) altar, cohesión…»». [18] El fuego en el hombre es el imán que puede suscitar la ayuda del cielo y corporificar el Alma del mundo, por tanto, podemos asimilar el fuego filosófico a la medida, como lo hace el erudito recopilador Don Penerty, cuando hablaba de «ese fuego que debe ser administrado geométricamente (…) o bien con peso y medida». [19]

Orígenes escribe que «si la potencia divina fuera ilimitada, no podría conocerse a sí misma (…) Efectivamente, aquello que es ilimitado es incompresible (…) En cambio, la medida se adapta consecuentemente a la materia corpórea, por lo cual debe creerse que Dios fabricó tanta materia como podía ordenar». [20]

Explica Plutarco que, contrariamente a Isis y Osiris, «todo lo que se halla falto de medida y regularidad» es atribuirle a Tifón [21] (Sobre Isis y Osiris, 64). Entre los pitagóricos, como entre los masones medievales, la geometría era considerada sagrada y sus verdades mantenidas en secreto. «Todo lo hemos creado con la medida», podemos leer en el Corán (sura 54, 59). En árabe se escribe igual medir y crear. Este pasaje del Libro de la Sabiduría (11, 20) es conocido: «Pero tú todo lo dispusiste con medida, número y peso». «Tú fijaste los límites de la tierra», dice el salmo, 74,17.

Crear es poseer «las reglas del cálculo del mundo» que, como dice un midrash hebreo, «Dios transmitió a Adán», [22] y éste a su descendencia. Dichas reglas de cálculo del mundo son el secreto de la geometría, puesto que calcular, contar, pesar o medir es corporificar. Como vemos, estamos ante una tradición milenaria cuya hermenéutica era conocida por los masones medievales y fue en parte recogida por J. Andersón y J. T. Désaguliers. Sus Constituciones de 1723 comienzan así: «Adán, nuestro primer Padre, creado a imagen de Dios, el Gran Arquitecto del Universo, debió tener escritas en su corazón las ciencias liberales, particularmente la geometría (…) Indudablemente Adán enseño geometría a sus hijos…» [23]

En muchos grabados medievales se representa a Dios, el Geómetra, con un compás en la mano poniendo límites, creando el mundo, como «Gran Arquitecto de la Iglesia». Anderson y Désaguliers recogieron esta forma de designar a la Divinidad, tanto en su aspecto celeste como terrestre (humano), por eso las Constituciones emplean dos términos diferentes para diferenciarlos: El «Dios del Cielo, el Omnipotente Arquitecto del Universo» es el Dios celeste. Al Dios encarnado en el hombre se le denomina «Gran Arquitecto de la Iglesia». [24]

En la masonería de tradición se realizan todos los trabajos a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo. A nuestro entender, esta fórmula hace referencia al tema que nos ocupa, ya que «gloria» es un concepto sacado del Antiguo Testamento: la palabra hebrea es cobet y significa peso, gloria y honor; así, glorificar es dar peso, medir, corporificar en el hombre al Gran Arquitecto celeste a fin de que se convierta en nuestro Señor, Arquitecto de nuestro Templo, [25], gracias a la geometría. Puede colegirse de ello que todas las creaciones de Dios se hacen por medio de la geometría: así lo recoge el «Himno al Maestro» en las Constituciones de Anderson; «Adán, el primero hombre, creado por la geometría impresa en su mente superior (…) Noé, un masón divinamente instruido, quien por mandato de Dios construyó el Arca (…) según las reglas de la verdadera geometría…». [26] Agrippa escribe que «Dios mismo enseñó a Noé cómo fabricar el arca según la medida del cuerpo humano, como Él mismo fabrico toda la máquina del mundo según la simetría del cuerpo humano…». [27]
Por otra parte, todos los Antiguos Deberes afirman que el arte de la geometría nació en Egipto; al margen de consideraciones históricas más o menos ciertas, creemos que lo importante es que los antiguos masones, conocedores de la tradición hebrea, entendían que Egipto representa el hombre en el exilio de este mundo, [28] Este hombre tiene un tesoro porque posee un cuerpo, y gracias a él puede recibir el don de Dios.

El ms. Regius está encabezado por estas palabras: «Aquí comienzan los estatutos del arte de geometría según Euclides», el ms. Cook convierte al «noble clérigo Euclides» en discípulo de Abraham llamado tambien «sabio y gran clérigo», quien enseñó en Egipto la ciencia de la geometría (439-447) y la transmitió a Euclides. Éste «midió el país» (de Egipto) y enseñó allí «el arte de masonería, al que dio el nombre de geometría» (467-468 y 508-510).

La tradición masónica en torno a la geometría fue mantenida en todos los textos modernos, como en el ms. Dumfries de 1710, donde se dice que la geometría «enseña a medir los cielos materiales». [29] He aquí otra forma de decir que la geometría sagrada corporifica una materia de los cielos que se recibe en la iniciación. En definitiva, lo que un maestro transmite a un discípulo es la Materia de los Filósofos, con la que se construye el Templo en el hombre. Ésta es una historia de geómetras y de compañeros, según el decir de EH: «La palabras “compañeros”, en arameo haberaya, puede utilizarse para designar los miembros de una cofradía o de una orden de compañeros del maestro, que se transmiten su enseñanza y su vida. Pensamos naturalmente en algunos rituales de muerte y resurrección, al final de los cuales el maestro tiene que resucitaren su discípulo». [30] Aquí está expresado brevemente y con la mayor precisión el misterio central de las sociedades iniciáticas.

El ms. Graham, de 1726, dice claramente que la masonería o geometría es un don: «¿Por qué fue llamada franc-masonería? En primer lugar porque es un libre (franc) don de Dios a los hijos de los hombres, y es además un franca unión de hermanos de este santo secreto que debe durar para siempre.» [31]
Observemos también que los manuscritos antiguos se refieren continuamente a un concepto básico del hermetismo: la transmisión, por la que un maestro transmite el secreto de Dios a su discípulo que es también su hijo; el padre da la vida al hijo, y lo que puede el padre lo puede el hijo, que a su vez transmitirá a un nuevo discípulo. Así se tejen las filiaciones legítimas de quienes han nacido, no de la carne, sino del Espíritu. Por esa razón la mayoría de Antiguos Deberes, al igual que las Constituciones de Anderson, contienen una filiación, un árbol genealógico que tiene su origen en Adán, primer ser creado por Dios y padres de los hombres. [32] Es obvio que no hablan de realidades históricas; nuestros antepasados eran antiguos pero no tontos. Sin embargo, mucho eruditos subvaloran los relatos legendarios de los orígenes, sin darse cuenta de que los Antiguos Deberes se están refiriendo a una filiación divina, a una cadena ininterrumpida de maestros verdaderos.

Los Antiguos Deberes revelan –siempre de forma velada— el secreto de la geometría y así lo entendieron también los hermetistas posteriores. Citaremos al respecto el prefacio que John Dee escribió en 1570 para la primera edición inglesa de la Practica Geometriae, de Euclides, que era en realidad un manifiesto: [33] «Nuesra ciencia es de más vasto alcance que la medición de los planos, ya que lo que se propone es nada menos que medir la tierra (…) que no se ocupa de colina ni valles (…) sino que eleva el corazón por encima de los cielos por medio de hilos invisibles, al encuentro de la luz…». [34]
A continuación nos auxiliaremos de un texto alquímico del siglo XV atribuido Raimon Llull que muestra claras semejanzas con los Antiguos Deberes masónicos. Encontramos en él diez definiciones de la palabra medida, que concluyen con la afirmación de que «si no hay medida, de la piedra no saldrá provecho». Poco antes, el autor dice que la «propia geometría ha sido llamada medida». «Así pues, por saber, aquí te hemos dado con buena voluntad el arte de la medida, la cual hemos aportado del arte de geometría.» [35] Te «hemos dado», es decir, te hemos transmitidos el «arte de geometría». Es el mismo Llull quien, en su Testamentum, después de referirse a ciertas proporciones afirma que «ahí está la doctrina, por la que se hace toda la medida…» (cap. LXXIX), y que la Obra es fruto de «la ciencia y la medida del arte» (cap. XLVII).

No deja de sorprender que un texto alquímico corrobore una tradición oral de constructores ingleses medievales. No podemos dejar de creer que aquellos Antiguos Deberes tenían un contenido iniciático y hermético indiscutible y perseguían el mismo objetivo que la alquimia: la regeneración del hombre, puesto que nada es cognoscible fuera del hombre y éste es el objeto de la revelación. Por eso Isidoro de Sevilla afirma que todas la medidas se refieren siempre al hombre y «y se encuentran en el cuerpo (…) La única que es preciso “portar” es la “pértiga”: equivale a diez pies, a semejanza de la caña que, como se lee en Ezequiel 40, 3 midió el templo» (Etimologías, XV, 15, 3). «Medir» o «captar» el cielo para unirlo a la tierra, o «fijar el volátil» son términos propios del lenguaje alquímico; he aquí como lo expresa Louis Cattiaux, un hermetista contemporáneo: «Así, Apolo y las nueve Musas, el esposo y las vírgenes sabias, el cuerpo y las águilas, Cristo y los doce apóstoles, la mujer que rodea a un hombre, o bien el versículo 34 del Libro X, son expresiones diferentes de una misma operación que exige el conocimiento del peso, del número y de la medida de las sustancias celestes» [36].

«El hombre es la medida de todas las cosas», como dice Protágoras, aunque es evidente que no se refiere al hombre exterior, sino al Verbo encarnado, al Logos creador del nuevo mundo. Éste es, a nuestro entender, el verdadero humanismo que reivindicaron los renacentistas, y no el que dio paso a la Ilustración y a la Revolución francesa.

Así pues, creemos haber puesto de manifiesto que una parte importante de los Antiguos Deberes no fueron concebidos ni transmitidos para enseñar un oficio, sino la geometría sagrada, el Arte de medir, la misma ciencia que enseñó Platón, que hizo escribir en la entrada de su Academia: «Que no entre quien no sepa geometría».
La geometría es el arte y la ciencia de Dios el geómetra; su creación ordena el caos, como reza una de las divisas masónicas fundamentales: Ordo ab Chao, orden en el caos; por lo tanto, quienes pertenecen a una orden están ordenados, han salido del caos gracias al don de geometría, transmitido en la iniciación. Si no preguntáramos cómo podemos acceder a tal don, probablemente debiéramos seguir la recomendación que nos hace el ms. Regius; hela aquí: «Que Cristo, por su gracia celeste, os dé el espíritu y el tiempo necesario para leer y comprender bien este libro, y obtener el cielo en recompensa» (vv. 789-792).

Podríamos decir: si deseas la gracia del cielo, lee bien y comprende bien, esto es, hazlo masónicamente, y no tropieces en las cortezas de la letra donde brilla el oro falso del sentido profano y vulgar. El tiempo apremia, no sigamos haciendo buena aquella preclara sentencia de Jorge Luis Borges: «Siempre somos moralistas raras veces geómetras.»


Notas:
[1] Los dos manuscritos fueron publicados, entre otros, por D. Knoop, G. P. Jones y D. Hamer: The Regius MS… The Cooke MS…, Manchester, 1938, reeditado en 1963.
[2] Así lo señaló en su tiempo René Guénon, como también el deseo de «protestantizar» la Orden por parte de aquellos masones ingleses: Études sur la Franc-maçonnerie et la Compagnonnage, París, Éditions Traditionelles, 1978, vol. II, págs. 72-73.
[3] Los Cuatro santos coronados eran los patrones constructores medievales, tradición que cita Beda el Venerable y que divulgó Santiago de la Vorágine en su obra La leyenda dorada, escrita hacia 1264 (hay edición española: Alianza Forma, Madrid, 1987, 2 vols., pág 717). Su culto se desarrolló en Gerona y en el Ampurdán a partir del primer tercio del siglo XIV, esto es, bastantes décadas ante el ms. Cooke, gracias al empeño de Arnau de Montrodón, obispo de Gerona, quien hizo construir en la catedral una capilla dedicada a los cuatros santos, abierta al culto ya en 1330. La devoción a los patronos de los constructores se extendió pronto Cataluña y Mallorca, véase P. Sánchez Ferré, «La presencia de los Cuatro santos coronados en Cataluña y Mallorca. Una variante del culto europeo. Siglos XIV-XIX», en Actes du Xe Colloque International de Glyptographie du Mont-Saint-Odile (France), Braine-le Château, Ed. de la Taille d’Aulme, 1997, págs. 487-517.
[4] Esta antigua tradición era también practicada en Gran Bretaña, como se constata en el ms. Graham, de 1726: «Le manuscrit Graham (1726)», presentación y taducción de G. Pasquier, en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, 6, 1983, pág. 145. El ritual que contiene este manuscrito está en el origen de los que se practican actualmente en la masonería de tradición. Sobre el significado mesiánico de este mendigo, véase Douzetemps, Le Mystère de la Croix, Sebastiani, París, 1975, págs. 221-222, y EH, “Los Tarots”, en La Puerta: Magia, Barcelona, Obelisco, 1993, págs. 114-116.
[5] Abbé Ph. A. Grandidier, Essais historiques et topographiques sur l’Eglise Cathédrale de Strasbourg, Estrasburgo, 1782, págs. 415 y sigs. Véase también, J. A. Ferrer Benimeli, «Église et maçonneire operative au Moyen-Age», en Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, 15, GLNF, 1987, págs. 32-34.
[6] J. A. Ferrer Benimeli, «Les Status et Réglements de Bologne de 1248», en Travaux…, II, 1985, pág. 20.
[7] D. Stevenson, Les Origines de la Franc-Maçonnerie. Le siècle écossais 1590-1710, París, Télètes, 1993.
[8] La citada revista Travaux… ha publicado una versión francesa: 7, 1983, págs. 130 y sigs.
[9] Véase F. A. Yates. El Iluminismo Rosacruz, México, FCE, 1983, cap. XV.
[10] Cartas, II, 314b.
[11] Cartas, VII, 341c-d.
[12] La primera mención conocida del término francmasón es del año 1350.
[13] El significado de geometría se encuentra en sus Etimologías, III, 10, 3.
[14] Véase al respecto, EH, «Morir cuero y vivir loco», en La Puerta: Esoterismo en la España del Siglo de Oro, Barcelona, Obelisco, 1990, pág. 10. El caballo don Quijote también conoce la geometría, pues afirma que los «los caballeros andantes verdaderos (…) medimos toda la tierra con nuestros mismos pies» (El Quijote II 6). Asimílese un corazón humilde a los pues, lo más bajo.
[15] Véase Divina Comedia, «Infierno», 9, 61-63: «Oh vosotros, que tenéis el intelecto sano, considerad la doctrina que se esconde bajo el velo de los versos extraños». En el infierno reside la «gente condenada que perdió el bien del intelecto»: «Infierno», 3, 16-18. «La verdad es el bien del intelecto»: Convite, II, 13, 6.
[16] Aristófanes, Aves, 995-1009.
[17] Sobre los misterios egipcios, III, 21
[18] Referido por Aecio, autor cristiano del siglo V. Filolao identificaba los cuerpos geométricos con los dioses; para esta teología de la geometría, véanse las referencias que aporta F. Buffière, Les Mythes d’Homère et la pensée grecque, París, Les Belles Letres, 1956, págs. 98-100 y 591-592.
[19] A.-J. Pernety, Les Fables Égyptiennes et grecques dévoilées, París, La Table d’Éméraude, 1982, vol, I, pág, 273.
[20] Tratado de los Principios, II, 9, Ib, 5-15.
[21] Tifón personifica el mal principio del hombre caído. Su nombre procede del verbo griego tufô, ceguera y llenar de humo.
[22] Los Capítulos de Rabbí Eliezer, 8, 2, Valencia, Biblioteca Midrásica, 1984, pág. 92.
[23] La Constitución de 1723 proyectada por J. Anderson, Barcelona, Alta Fulla, 1998, págs, 31-32.
[24] Ibíd., pág. 47, nota y pág. 53, respectivamente.
[25] «Dios no es una hipótesis, es una nube incandescente, es una piedra translúcida, es una realidad viva para siempre» (L. Cattiaux, El mensaje reencontrado, Málaga, Sirio, 1996, XXVI, 27).
[26] Ibíd., págs. 115-116.
[27] Filosofía Oculta, Buenos Aires, Kier, 1982, págs, 189-190.
[28] Egipto es un hebreo Mizraím, vocablo que proviene de la raíz mzr, cuyo significado es limitar, angustia estrechez. Una de sus derivaciones, yetzer, significa volver consistente; otra, yetzirá, significa formación, creación.
[29] «Le manuscrit Dumfries nº 4 (ca. 1710», introducción y traducción de J.-F. Var, en Travaux… 7, 1983, pag. 43.
[30] E. H., «El Justo y su inmortalidad», en La Puerta, nº 51, 1997, p. 63.
[31] «Le manuscrit Graham (1726)», presentación y traducción de G. Pasquier, en Travaux… 6, 1983, pág. 145. Éste puede considerarse el primer ritual de la masonería que se practica en la actualidad.
[32] En Lucas 3, 23, la genealogía de Jesús comienza en Dios, padre de Adán.
[33] John Dee (1527-1607), matemático, hermetista y astrólogo de la reina Isabel I, es el autor de Monas Hieroglyphica (1564). Desarrolló sus actividades en ambientes cabalísticos y alquímicos, tanto en Gran Bretaña como en el continente. El prefacio a que aludimos es el manifiesto que inspiró un poderoso movimiento de carácter esotérico que pretendía regenerar la civilización cristiana. Su fruto más conocido es el fenómeno Rosacruz, cuyos manifiestos aparecieron pocos años después de su muerte.
[34] Reproducido por E. Mazet en «Euclide», en Travaux… 14, 1987, pág. 65.
[35] «Ars Magica de Ramon Llull», en La Puerta, 1993, págs. 98-99; traducción y presentación de J. M. Rotger. Véase asimismo la presentación de Charles d’Hooghvorst a la obra de Ramón Llull, La Práctica y la Magia Natural, Mataró, Atalanta, 1995, págs, 10-11.
[36] Louis Cattiaux, «Cartas», en Florilegio Catesiano, Tarragona, Arola Editors, 1999, Carta nº 329. Apolo, Cristo, el cuerpo y el hombre representan lo «fijo». El versículo 34 del Libro X se encuentra en su obra fundamental, El mensaje reencontrado, ya citada; el versículo en cuestión dice así: «El hombre puro y perfecto no recibirán más de nueve mujeres nítidas y no menos de tres».

Gracias a P.S.Ferré